abril 29, 2018

(hoy es mi cumpleaños)






Cada día son más breves mis poemas: pequeños fuegos para quien anduvo perdida en lo extraño. Dentro de unos pocos versos suelen esperarme los ojos de quien yo sé; las cosas reconciliadas, las hostiles, las que no cesa de aportar lo desconocido; y mi sed de siempre, mi hambre, mi horror.

París, 1962.



La conciencia del fuego apagó la de la tierra. Mi visión del mundo se resuelve en un adiós dudoso, en un prometedor nunca. Culpa por haberme ilusionado con el presunto poder del lenguaje. Todo es un interior. Por tanto, el poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras. Hablar es comentar lo que place o disgusta. Lenguaje visceral constatador de los fantasmas de las apariencias. Escribir no es más lo mío.

Agosto de 1961.


Alejandra Pizarnik; fragmentos de Prosa Completa; Lumen, 2003.








Carta a Manuel Mujica Láinez | ph: Laura Cófreces




abril 21, 2018

la lluvia no pudo hacer nada







Yo vengo sospechando que en alguna parte de este cuarto se guardan los excesos de coincidencias, [se guardan] las representaciones sensoriales carentes de rótulos, de credenciales, de marcas axiomáticas aparentes, de vos, de mí, de pronombres. Estuve de rodillas en un campo minado. Estuve de rodillas en un campo de abonanzado apocalipsis. Estuve de rodillas en un campo virgen, absuelto de todos nuestros crímenes. Estuve de rodillas en la única fracción suspendida de un territorio en llamas. Estuve de rodillas. Y la lluvia no pudo hacer nada para erradicar el polvo de los vidrios. No pudo hacer nada para limpiar la escena (tan dantesca escena, tan funcional a lo sentido). La lluvia no pudo hacer nada para amortiguar esa exactitud verbal con que insistimos en describir lo poco que sabíamos de nuestra herencia simbiótica, lo poco que entendíamos. Yo vengo sospechando que este cuarto es una mesa polifónica de disección de incalculable longitud, sin bienes ni males mobiliarios y sin luz natural. Esta sospecha vino a contaminar todo. A confirmarnos la existencia esencial de ese todo que por supuesto ya presentíamos incompleto. Afuera llueve. Una figura imprecisa de piedra está sentada en el borde de esta misma calle. Debajo está mi nombre.










inédito, 2018.



abril 16, 2018

el que crea himnos






oración del anacoreta

Quisiera tener nobleza de perro callejero.
Curarme con guitarras chillonas.
Extraviarme como explorador sin brújula.
Divagar como barca a la deriva.
Con vacuidad de mendigo de parque.
Mi alma fogata alimentada de pétalos.
Pez que ve el mundo afuera del estanque.
Mi corazón es buitre mordisqueado por la muerte.



oasis envenenado

Soy piel que muda de serpiente.
El que riega el pasto
del otro lado del vidrio.
La maraña atascada
en alguna playa despoblada.
El que crea himnos
como un alfarero un jarrón.
El color amarillo
del césped de otoño.
Balada que no tiene palabras
sino cantos.
Soy el sediento errante
bebiendo de un oasis envenenado.


de Oasis envenenado, 2012.




toro de falaris

Dentro del cobre
pieles corrugadas
sombras depravadas
flamas marciales.
Liberado de opciones
membrana de insomnio
matiz sedentario
átomo de nanotecnología
cadenas aman huesos rostizados.
Creativos seres
autistas de la muerte
masticando niebla de su carne
zenit de parsimonia.


de Soy un enorme cerdo, 2016.



Carlos Vallín (México, 1983). Psicólogo, escritor. Ha publicado en diversas revistas literarias de México, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, España, Portugal y USA. Autor de los poemarios Oasis envenenado (La Rueda Cartonera, 2012), Canciones sobre una musa infinita (Edhalca, 2013) y Soy un enorme cerdo (Grupo Editorial Caronte, 2016).