aunque vengo de familia de campo
nunca pude entender del todo bien
el desempeño intrínseco
de los vientos
una pantalla lo resuelve
(otra de tantas pantallas
otra de tantas
—tan convenientes—
resoluciones):
el del norte trae el calor
el del sur trae el frío
el del oeste, sequía
y a la lluvia hay que esperarla
guarecerla
y si resulta posible
recolectarla
en la embestida frenética de la sudestada
que todo demuele y todo humedece
conforme avanzan su trayecto
y su locura
pero lo que viene cada tanto al pensamiento
no es lo que trae
esa respiración acelerada
jadeante
que el aire da señales de padecer
no es lo que trae sino aquello
que se lleva
lo que arrastra con sus apéndices porque no puede
(no quiere)
resistirse
en la sacudida
alguno de esos que la IA ordena
y está presta a catalogar
se ha llevado el impulso
ha removido el movimiento natural y orgánico
que hace al deseo
me pregunto si existe un viento recuperador
uno que tironee en reversa y devuelva
lo que otro viento ha tomado
la ventisca hace de los ojos
un depósito imantado de polvareda
los cierro
(por instinto o por molestia)
cuando los vuelvo a abrir salgo convertida
en erudita
soy una intérprete del aire dispuesta a desentrañar
patrones y conductas
levanto el dedo ensalivado y apunto al cielo
me abstengo de examinar posiciones
u orientación geográfica
“norte”, anuncio
en tanto el ardor va ocupando
—como ensañado—
cuerpos y tejidos
ha vuelto el impulso
mutado a herida
ahora sí es completa la conversión:
cambia el viento y enseguida sé
los pormenores más precisos de su desempeño
“herencia”, pienso
busco en la pantalla una acepción posible
que dé sentido límpido
a la palabra
